Una lámpara en la pared
A
los que quieren volar lejos.
Escrito por: Padre Ricardo Búlmez
En una oportunidad entrando con
mi carro en el garaje de mi casa, vi que un pajarito salió de una lámpara
exterior que estaba adosada a una de las paredes del estacionamiento
descubierto; sin perder tiempo me subí al capó del vehículo para ver qué había
en su interior. Mis sospechas fueron confirmadas: el laborioso y simpático
animalito estaba tejiendo un nido con unas ramitas a medio torcer entre paredes
de plástico y por techo un bombillo roto.
“¡Un nido!”, me dije emocionado.
Después de unos días repetí la misma operación, esta vez las pajitas formaban
unas rueditas entrelazadas y confundidas unas con otras y en su concavidad
había dos huevitos blanquitos cuidadosamente colocados uno al lado del otro.
Cada vez que yo entraba al
estacionamiento hacía una visita obligada al pajarito. Un día me dio mucha
alegría ver a los pichoncitos recién nacidos; les tocaba el piquito con un
palito y ellos abrían la boca tan grande que casi les cabía todo su cuerpo y se
acurrucaban hasta el fondo del nido sin quitarme la mirada. Por muchos días los
seguí visitando acompañándolos en su crecimiento… ¡era algo grandioso y
maravilloso!, vi cómo abrían sus ojitos y sus cuerpecitos se cubrían de
plumitas.
Al paso del tiempo los veía
saltando de la lámpara-nido al carro, y de éste a la pared de enfrente, luego
retornaban por el mismo camino hasta llegar a su guarida en espera del calor y
alimento de la madre. ¡Claro, siempre dejaban su marca en el techo del carro!,
me tocaba limpiarlo todos los días. Era una escena familiar, me hizo retornar a
los días de mi infancia, pues para los que fuimos niños hace unos
cuarenta-cincuenta años, un nido no es cualquier cosa. ¡Cuántas veces los
visitamos y agarramos!, en unas oportunidades era para cuidarlos nosotros
mismos, otras para venderlos y otras para jugar con ellos… recuerdo los
bolsillos de mis pantalones cortos y anchos llenos de pichoncitos. Hoy, los
nidos de los pajaritos no los llevo en los bolsillos sino dentro de mi corazón.
Cuando yo tenía más o menos doce
años, me acuerdo de que capturé a más de cincuenta turpiales para venderlos; no
vendí ninguno porque eran cimarrones y nadie los compraba porque se morían de
rabia; otra vez descubrí a unos en su nido, pero no los agarré porque quería a
la familia completa pero alguien se adelantó y se los llevó: me quedé sin nada.
Todavía sigo repitiendo la misma actitud, muchas veces me quedo sin nada por
“agayúo”, por querer todo completo… no hay esperanzas.
¡Bueno!, volvamos a los pichones
de la lámpara. Un día cualquiera me asomé al nido y los pichoncitos se habían
ido, los busqué por el jardín y miré la parra en donde ellos solían comer y
retozar, pero ya no estaban… se fueron, no los vi más. No me di cuenta de
cuándo partieron, pero lo hicieron. ¿Qué sucedió? Posiblemente estarían los
cuatro en la pared de enfrente: los dos pichones, mamá pajarita y papá
pajarito. Uno de los hijos volaría lejos hacia la derecha, el otro también…
¡lejos! Hacia el norte. Después de unos segundos los padres seguirían otro
camino… ¡lejos!
Durante un tiempo los esperé, con
frecuencia me asomaba al nido… nada,
había volado lejos para siempre, cada uno volando su propio vuelo por su lado y
dejando atrás un lecho lleno de paja seca “como senda que nunca se ha de volver
a pisar”. El nido quedó solo y vacío, ahí quedó.
_ ¿Qué queda en un nido vacío?
_ Paja…
_ No.
_ Soledad.
_ No.
_ ¡Recuerdos!
_ No, lo que queda es mierda…
mierda de pájaros; sí, en un nido vacío y abandonado hay pura mierda. Los
pájaros volaron y la dejaron allí… seca.
Vamos a suponer que papá palomo o
mamá paloma hubiese pensado y actuado así: “Yo no quiero que mis hijos vuelen
porque el volar es muy alto y riesgoso, yo me encargaré de ellos”. Entonces, la
madre cubre a sus hijos con sus alas grandes y les corta sus litas para que no
vuelen nunca. ¿Qué hubiera pasado? Seguramente los tres estarían todavía en el
nido cubiertos de paja y de mierda seca.
Un día mamá paloma volaría rumbo
al nido en donde sus hijos, sin alas, esperarían su alimento y la honda de
algún niño travieso y juguetón le cegaría la vida con una piedra. Los
pajaritos, que con el tiempo ya no serán tan pichoncitos, llenos de hambre,
frío y miedo intentarán lanzarse a un vuelo que les fue cortado: el vacío de la
vida los esperará en una tierra dura y se estrellarán contra un mundo para el
cual nunca fueron entrenados. Porque la vida sin aprendizaje no es un salto ni
un vuelo, sino un abismo.
Así son los padres que no dejan
que sus hijos vuelen en su propio cielo. Si los hijos no se independizan a
tiempo se llenan de resentimiento, y del resentimiento al odio sólo hay un
paso.
Un hogar no es para llenarse de
hijos que permanezcan en él, sino para formar y desplegar alas que suban a las
alturas. Y no me refiero sólo a un quedarse físico ni a un “irse de la casa”,
porque dejar un lugar en donde uno no quiere estar no es la libertad completa
sino una pequeña parte de ella. La libertad, más que responder a las preguntas
“¿dónde?”, “¿cuándo?”, y ”¿con quién?”,
es contestar al interrogatorio “¿cómo?”; no se trata de decir ”en dónde”, ni
”cuándo”, ni ”con quién voy a vivir”. La libertad es algo más profundo, es
preguntase con sinceridad “¿cómo me quedo?” o “¿cómo me voy?”.
El que no deja “casa-nido” a
tiempo no crecerá humanamente, no estará maduro para el vuelo; y no se trata de
abandonar a la familia, sino de dejarla. Conozco a muchas personas que nunca
han dejado a su familia y la tienen abandonada. El dejar tiene que ver con la
independencia física y el abandono con la falta de amor. El verdadero problema
no es “en dónde”, ni “con quién” tienes el cuerpo sino “cómo” tienes
aprisionado tu espíritu, tus decisiones,
tu vida.
No se trata de conquistar la independencia externa
sino la libertad interior.
*Esta información fue tomada del libro del Padre RICARDO BULMEZ .EL ARTE DE COMBIAR EL SI CON EL NO:Una opción de libertad
¡Todos Somos UNO!
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