La cachapa
A
los matrimonios.
Escrito por: Padre Ricardo Búlmez
A una
pareja amiga le pasó la anécdota más simpática y curiosa que le pueda suceder a
alguien: este matrimonio estuvo a punto de terminarse por una cachapa. Si, así
como lo oyes, por una cachapa de esas que se comen, de esas mismas. Aunque por supuesto, estamos claros, en realidad no
fue por esto, pero fue la gota que rebosó el vaso que ya estaba lleno de otras
“cachapitas”.
El esposo
todos los días pasaba buscando a la esposa en la escuela donde ella trabajaba.
En la carretera había una venta de comida y mi amiga, cada vez que pasaba por
allí de vuelta a casa, se antojaba de comer cachapas.
_ ¡Mi amor,
vamos a comernos una cachapita ahí! _ esto molestaba a mi amigo quien se
detenía en el sitio pero de muy mala gana. Mientras ella desfrutaba su cachapa
él se comía su rabia.
_ Mi amor,
¿quieres probarlas? Están muy sabrosas _ le decía ella, mientras se saboreaba y
se montaba en el carro.
_ ¡No, no
quiero cachapas! _ contestaba él poniendo violentamente el vehículo en marcha.
Esta escena
se repetía con frecuencia a lo largo de la semana. Cuando el iba en busca de su
esposa en vez de pensar en ella, lo que pensaba era: “Seguro que hoy pide
cachapa otra vez, me molesta cada vez que oigo esa vocecita”: “¡Mi amor _
remedando a su mujer _, vamos a comernos una cachapita ahí!”. Por eso cuando se
acercaba al sitio de las cachapas aceleraba más el carro.
Un día,
ante los repetidos requerimientos se ella, él explotó violentamente.
_ ¡Pero
bueno! _ dijo gritando con furia _ , ¡¿hasta cuándo cachapa, cachapa y cachapa?!,
¡¿es que tú no tienes comida en la casa?! _ esto generó una tremenda discusión
seguida de quince días de amargo silencio… y sin comer cachapas.
El estar
callado y no comunicarse con su pareja produjo en mi amigo un sentimiento de
culpa y de arrepentimiento, pero su orgullo le impedía pedir perdón;
indirectamente le hacía halagos a su esposa pero ésta se mostraba muy
indiferente, le sonreía pero ella no movía ni siquiera un músculo de la cara,
le abría la puerta cuando iba a entrar al vehículo y ella como si nada.
_ ¿Cómo te fue hoy en la escuela? _ preguntó
un día él con ánimos de buscar conversación, ya que quince días sin hablarse le
parecían muchos.
_ Bien _
contestó ella secamente y sin ganas de continuar hablando.
_
¿Asistieron todos tus alumnos a clases?
_ Sí.
_ ¿Todos
van bien en los estudios?
_ Si _
contestó la esposa mientras se limaba las uñas.
_ ¿Qué te
pasa? _ preguntó él como si nada hubiera pasado.
_ Nada _
contestó la esposa…
El viaje a
casa se convertía diariamente en algo incómodo y desagradable, él ya no hallaba
qué tema de conversación plantear, no sabía qué decir ni cómo actuar. “¡Pues
sí!” _ decía de vez en cuando intentando expresar algo _ . Cada vez que se
acercaban al sitio de la “cachapera”, el esposo rezaba interiormente: “¡Dios
mío, que pida cachapa!”. Dios escuchaba esta oración pero no intervenía para
nada, pues esperaba para ver qué haría él.
Un día, mi
amigo decidió poner fin a esa situación amarga y pesada. Después de buscarla en
la escuela, antes de llegar a la venta de cachapas le dijo sutil y dulcemente.
_ Mi amor
si quieres nos comemos una cachapita ahí…
_ ¡Yo no
quiero cachapa! _ contestó ella agriamente mientras hacía que continuaba
limándose las uñas para decepción de mi amigo. Éste insistió resquebrajándose
su sutileza.
_ Pero,
¿qué te pasa?, ¡¿no nos podemos comer una cachapita juntos?!
_ ¡yo no
quiero! _ contestó ella arreglándose las uñas con más rabia, más que
arreglárselas se las estaba rompiendo.
Él haciendo
caso omiso de la actitud de la esposa, se bajó del carro y compró dos cachapas
especiales, una para él y otra para ella. Mientras se acercaba al vehículo se
comía la suya; al llegar le dio la otra a su esposa.
_ ¡Te dije
que yo no quería cachapa! _ dijo ella mientras lanzaba la cachapa con furor al
piso del vehículo.
_ ¡Por que
tiras la cachapa! _ gritó él.
Aquí ardió
Troya: se desató una discusión agria y con atropellos, salieron a relucir
problemas viejos y aparentemente olvidados. A partir de este momento ya esa
cachapa no tenía nada que ver con el problema, emergieron otras “cachapitas”
que siempre habían estado presente: “¡No te metas con mi mamá!”, “¡por que no
te vas con esa desgraciada que tenías!”, “¡eres una vaga que no hace nada en la
casa!”, “¡me arrepiento de haberme casado contigo!”, “¡tu como hombre no sirves
para nada, no sirves ni’pa’eso!”, “¡la otra vez me pegaste!”… es decir,
“cachapitas” iban y “cachapitas” venían. La discusión fue tan violenta que
llegaron a los golpes.
Con el
tiempo las cosas empeoraron, todo se fue complicando y hasta se habló de
divorcio. Al hablarse de la ruptura de la pareja, las dos suegras hicieron su
aparición en escena; ya el problema no era solamente entre dos “cachapas” sino
también entre dos “cachapotas” más, que eran las suegras. ¡Claro!, al presentarse
las suegras todo terminó en el piso.
Por eso,
siempre digo: ¡suegras, no se metan!, ¡suegras no se metan! Ustedes son las
personas que, muchas veces con muy buena voluntad, contribuyen a destruir
matrimonios. Suegras por favor, no se metan. En un conflicto de pareja no debe
meterse nadie, si la pareja fue quien generó el conflicto ella misma debe
encontrar la solución, y si alguien se tiene que meter porque tenga que hacerlo
que sea cualquier persona menos las suegras. Porque generalmente, a éstas no
les interesa la relación lo que les preocupa es su hijo o su hija, no la
pareja. En nuestro caso también se metieron las suegras y cuando lo hicieron la
cosa empeoró: “Te dije que ese hombre no servía para nada”, “no sé para qué te
casaste”, “había tantas mujeres buenas y tú viniste a caer con esa”… me parece
oírlas.
Un día la
esposa vino hablar conmigo y me contó la situación por la que estaba pasando
con su esposo y que estaban dispuestos a divorciarse, me contó también todos
los problemas que tenían como pareja, incluso el incidente de la cachapa.
_ ¡Me voy a
divorciar! _ me dijo envuelta en llanto.
La cuestión
llegó a preocuparme, llamé a mi amigo para oír su versión y al rato se presentó
con una actitud de defensa, pensando tal vez que yo le iba a reclamar o a
culpar por algo.
_ ¿Tú me
mandaste a llamar? _ me dijo con voz de hombre rudo y arrugando la frente.
_ Sí _ le
contesté.
_ ¿Para
qué?, ¿qué quieres? _ él sabía perfectamente para qué lo había mandado a
llamar.
_ Por aquí
estuvo tu esposa y…
_ ¡Ahhh, ya
estuvo por aquí!, ¡yo sabía que iba a venir! _ me dijo.
_ Sí _ le
contesté _, ella habló conmigo, pero yo quiero escucharte a ti también.
Después de
que se calmó un poco, me expresó la firme decisión de divorciarse por todos los
problemas que tenía con su pareja, me contó también que lo de tirar la cachapa
al piso le había parecido una falta de respeto hacía él de parte de su esposa…
¡Y dale con al bendita cachapa!.
Una tarde
cité a los dos. Ella habló primero y él después, sólo se interrumpieron el uno
al otro en el momento en que estaban explicando el impase de la cachapa.
_ …
entonces yo le dije _ contaba ella sin dejar de llorar _, “mi amor, vamos a
comernos unas cachapita ahí”. Y él me gritó: “¡¿Hasta cuándo cachapa, cachapa y
…?!”.
_ ¡Pero
narra todo! _ interrumpió él _, ¡¿por qué no dices que tú tiraste la cachapa al
piso?!, ¡ahhh, eso no lo cuentas!, ¡eso fue lo que más rabia me dio!
Interrumpí
“la cachapera”, perdón… la conversación, y les hice ver la posibilidad de una
reconciliación verdadera, que en una pareja siempre hay momentos de
desavenencias, de problemas, de conflictos. Les dije que esto no era motivo de
separación y que recordaran que el matrimonio es “hasta que la muerte los
separe”, es la muerte quien los debe separar, no los problemas.
_ Miren _
continué _ si uno se descuida, una relación se puede romper por una tontería.
El amor debe ser más fuerte que los problemas que puedan surgir. ¿Cómo es
posible que ustedes estén a punto de divorciarse por una cachapa? _ Ellos muy
reflexivos se quedaron mirando el uno al otro, esa noche cenamos los tres
juntos… con cachapa.
Una
relación siempre se rompe por una tontería, no vale la pena perderla por nada.
Todos de alguna forma hemos roto alguna por algo insignificante. Algunos la
destruyen por el carácter, otros por una palabra, otros porque “me miró mal”,
generalmente una relación se rompe por una cosa: por querer tener razón. Es
más, cualquier relación tiene más valor que todas las razones del mundo juntas.
Seguramente
que tú también tienes una “cachapita” en tu vida.
¿Cuál
es tú cachapa?
*Esta información fue tomada del libro del Padre RICARDO BULMEZ .EL ARTE DE COMBIAR EL SI CON EL NO:Una opción de libertad
¡Todos Somos UNO!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario